Pasaje de antaño

cafetalLa mañana apareció más fresca de lo normal. Las nubes aún se negaban a separarse, mientras que el sol empujaba insistentemente en medio de ellas y dejaba, por cortos momentos, ver su brillo sobre las montañas. Yo comenzaba a tomar consciencia de mi existencia y negaba rotundamente a abrir los ojos.  Afuera, escuchaba el estropicio de las gallinas al correr tras la manotada de maíz que mi tía lanzaba para alimentarlas. Ella,  quien estaba levantada desde antes del alba, luego de haber rezado el habitual rosario sentada sobre su cama y recargada contra la pared como un bulto en medio de la oscuridad, ya había preparado el desayuno. La escuchaba cómo conversaba con las gallinas, el gato y el perro. Aunque no la estaba viendo, sé perfectamente que su conversación era de lo más natural, como si estuviera conversando con un humano y ellos le ponían atención como los más interesados en saber sobre lo que les estaba contando.

Me dispuse a levantarme y adormecido, salí hacia el patio de la casa. Era de esos patios de antes. Hechos a pulso por campesinos. Un empedrado labrado a mano con piezas de piedras planas y ordenadas simétricamente. Ahí estaba ella, sus gallinas, el perro y el gato. Mi tía, al verme, me saludó ¿Qué tal noche papito? ¿Si durmió? Le contesté: Si señora y seguí caminando algo sonámbulo hacia el baño que estaba al otro lado del patio.

Salí del baño y me dirijí hacia el lavadero. Tomé un balde metálico que estaba algo ajado por los años. Recuerdo que ese balde lo trajo mi tío abuelo Neftalí desde Honda, Tolima. Lo usaba como un medidor para las sartas de pescado nicuro que traía para Semana Santa desde Honda en época de subienda. Pero ahora el balde había dejado su travesía y estaba en la alberca como ayuda para sacar agua. Lo llené, me bañé la cara y el pelo.  Era tan solo chico de 7 años. Regresé al cuarto para vestirme y salí a tomar el desayuno.

Terminando el banquete de aguapanela, cuajada y envuelto de mazorca, mi tía me pidió que fuéramos a dar una revisada por el cafetal para buscar un racimo de plátanos. Ella tomó la peinilla tres canales, como llamaban al machete porque tenía tres líneas marcadas a lo largo; y nos adentramos en el cafetal que comenzaba a florecer.

Caminando, loma a bajo, por en medio de las plantas de café, comenzamos a escuchar vallenatos de antaño, de esos que evocan una vida pastoril. A medida que avanzábamos, su sonido era más nítido y comenzaban a conjugarse algunas voces. De repente, en medio del abrigo del café florecido, apareció una pequeña caseta hecha de guadua y tejas de zinc y un aroma penetrante a anís. Dentro de ella, estaba el tío Luis. Sonriente al saludar y atento de su preparación. Se observaba un chorro constante de agua, proveniente de la quebrada cercana, por un sistema de canaletas de guadua y que se desborda por el borde del alambique.

En memoria de mis tíos Neftalí y Luis.

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