Nostalgia de luna

Luna sobre la montaña

«En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía.» – San Juan de la Cruz

El sol daba sus últimos destellos desde las montañas y a su alrededor, las nueves se tornaban con matices de naranja y rosado. El viento soplaba suavemente mientras las gallinas comenzaban a buscar la vara para subir a su árbol donde duermen todas las noches. Caminan erguidas de forma cautelosa para no despertar sospecha de los perros que estaban durmiendo junto al patio.

El ocaso perduró por casi 30 minutos hasta cuando el sol dejó de brillar. Las nubes se habían dispersado y por aquella época del año, cuando comenzaba diciembre, las estrellas tenía un resplandor único y vistoso. De alguna forma, eran mucho más visibles en esa temporada que muchas veces apostábamos al que más contara.

Siendo muy joven la noche, una tímida luna comenzaba a coquetear por el otro. Su brillo tenue, gradualmente se fue intensificando, al igual que su tamaño. Al cabo de una hora, el camino de herradura era plenamente visible desde la ventana de la casa. Mi tía, una mujer luchadora de carácter fuerte, amante de la música, tomó su guitarra y me invitó a sentarme junto a ella en el patio de la casa que daba frente al camino. Pronto comenzó con un rasgueo nostálgico de guitarra a cantar rancheras y algunos boleros, mientras observábamos con detenimiento la avanzada de la luna hasta su cenit.

Era como un ritual para acompañar a la visitante en su recorrido. Como una guía para que buscara la ruta correcta y a su vez, era una conexión tripartita que se quedó por siempre en nuestra memoria.

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